La relación del Estado con el individuo.- Por Benjamin Tucker

La siguiente es una exposición realizada por el Sr. Tucker en el Instituto Unitario de Ministros, durante la sesión anual celebrada en Salem, Massachussets, el 14 de octubre de 1890. A causa de la manera clara y concisa en la que el asunto es tratado, merece la atención de cualquier persona interesada en comprender el Anarquismo.

Damas y caballeros: Es muy probable que el honor que me han dispensado ustedes al invitarme a exponer hoy el tema “La relación del Estado con el individuo” se deba principalmente al hecho de que las circunstancias se han combinado para convertirme en un conspícuo exponente de la teoría del Anarquismo Moderno- una teoría que, cada vez más, es considerada como una de las pocas sobre las que se puede fundar la vida política y social. En su nombre, pues, trataré de discutir con ustedes esta cuestión, cuestión que o subyace o toca directamente a casi todos los problemas prácticos que afronta la generación presente. El futuro de los aranceles, de las contribuciones, de las finanzas, de la propiedad, de la mujer, del matrimonio, de la familia, del sufragio, de la educación, de la invención, de la literatura, de la ciencia, de las artes, de los hábitos personales, del carácter privado, de la ética y de la religión, estará determinado por la conclusión a la que la humanidad llegue acerca de si el individuo debe obediencia al Estado y, en caso afirmativo, hasta dónde debe llegar esa obediencia.

Para tratar el tema del Anarquismo considero indispensable, primero que nada, definir sus términos. Las concepciones populares de la terminología política son incompatibles con los parámetros rigurosos de la investigación científica. Podemos estar seguros de que un uso más popular de un vocablo va inevitablemente acompañado por el riesgo de una comprensión errónea por parte de la multitud que, persistentemente, ignora las nuevas definiciones; a esto se suma, por otro lado, la aún más deplorable confusión a los ojos del contendor, quien se siente justificado para hablar de inexactitud de pensamiento donde lo que hay es inexactitud de expresión. Tómese el término “Estado”, por ejemplo, que hoy nos atañe. Es una palabra que está en todos los labios. ¿Pero cuántos de los que la usan tienen una idea cabal de lo que quieren decir con ella? Y, entre los que realmente la tienen, ¡cuánta variedad en sus concepciones! Nosotros designamos con la palabra “Estado” tanto a las instituciones que encarnan el absolutismo en su forma más extrema como a aquellas que lo atemperan con cierto grado, mayor o menor, de liberalismo. Aplicamos esta palabra tanto a las instituciones cuya única finalidad es la agresión como a aquellas que, además de agredir, protegen o defienden en algún grado. Pero lo que nadie parece tener claro es cuál de éstas, la agresión o la defensa, es la función esencial del Estado. Algunos campeones del Estado, evidentemente, consideran la agresión como el principio fundamental, aunque lo oculten, tanto a ellos como al pueblo, bajo el título de “la Administración”, que procuran extender en todas las direcciones posibles. Otros, por el contrario, consideran la defensa como el principio fundamental del Estado y desean limitar las funciones del mismo al cumplimiento de los deberes policiacos. Existe todavía otra facción, que considera que el Estado existe simultáneamente para la defensa y la agresión, combinados en proporciones variables según las circunstancias del momento o quizás sólo según los caprichos de quienes tengan su control. Frente a todos estos puntos de vista, los Anarquistas, cuya misión en el mundo es la abolición de la agresión y de todos los males que de ella se derivan, se han dado cuenta de que, para ser comprendidos, deben dar definiciones claras y precisas de los términos que se ven obligados a usar, y especialmente de los términos “Estado” y “gobierno”. Buscando, por consiguiente, los elementos comunes a todas aquellas instituciones a las que se les ha aplicado el nombre de “Estado”, han encontrado, principalmente, dos: el primero, la agresión; el segundo, la asunción de una autoridad única sobre un área determinada y sobre todos sus habitantes, autoridad ejercida generalmente con el doble propósito de la más completa opresión de sus súbditos y la extensión de sus límites. Pienso que nadie negará que este segundo elemento es común a todos los estados- por lo menos yo no tengo noticia de que algún Estado haya tolerado, alguna vez, un Estado rival dentro de sus fronteras, y parece claro que cualquier Estado que actúase de tal modo dejaría de ser un Estado y de ser considerado como tal. El ejercicio de la autoridad sobre la misma área por dos estados es una contradicción. Generalmente será más difícil de admitir que el primer elemento, la agresión, ha sido y es común a todos los estados. No pienso aquí, sin embargo, reforzar la conclusión de Spencer, que cada día gana una mayor aceptación: que el Estado tiene su origen en la agresión y que ha continuado como una institución agresiva desde su nacimiento. La defensa es una función posterior, aceptada por necesidad, y su introducción como una función del Estado, aunque efectuada, indudablemente, para su fortalecimiento, era y es, de hecho, el inicio de la destrucción del Estado. Su crecimiento en importancia hace evidente la tendencia del progreso hacia la abolición del Estado. Enfocando la materia desde este punto de vista, los Anarquistas afirman que la defensa no es una función esencial del Estado, pero que la agresión sí lo es. Ahora, ¿qué es la agresión? Agresión es, simplemente, otro nombre para el gobierno. Agresión, invasión, gobierno, son términos intercambiables. La esencia del gobierno es el control, o el esfuerzo por controlar. Quien intenta controlar a otro es un gobernador, un agresor, un invasor; y la naturaleza de tal invasión no cambia si ésta es realizada por un hombre contra otro hombre, a la manera de un delincuente ordinario; por un hombre contra todos los otros hombres, a la manera de un monarca absoluto, o por todos los otros hombres contra un hombre, a la manera de una democracia moderna. Por otro lado, quien se resiste a un intento de control no es un agresor, un invasor o un gobernador sino, simplemente, un defensor, un protector, y la naturaleza de tal resistencia no cambia porque sea ofrecida por un hombre a otro hombre, como ocurre cuando se rechaza el asalto de un delincuente; por un hombre a todos los demás hombres, como ocurre cuando uno se niega a obedecer una ley opresiva, o por todos los hombres contra un hombre, como ocurre cuando los súbditos se levantan contra un déspota o cuando los miembros de una comunidad se unen para refrenar voluntariamente un delito. Esta distinción entre invasión y resistencia, entre gobierno y defensa, es vital. Sin ella no puede existir ninguna filosofía política válida. En base a esta distinción y a las consideraciones apenas bosquejadas anteriormente, los Anarquistas consiguen las definiciones deseadas. Ésta, por consiguiente, es la definición Anarquista de gobierno: el sometimiento de un individuo no invasor, pacífico, a una voluntad externa. Y ésta es la definición Anarquista del Estado: la encarnación del principio de invasión en un individuo o en una banda de individuos, que asumen el papel de representantes o señores sobre todas las personas de un área determinada. Acerca del significado del término restante en la discusión del tema que nos ocupa, la palabra “individuo”, pienso que la dificultad es pequeña. Dejando de lado las sutilezas en que algunos metafísicos han caído, creo que uno puede utilizar este palabra sin temor de malentendidos. Si las definiciones así obtenidas poseen o no una aceptación general es un tema de importancia menor. Sostengo que han sido científicamente obtenidas y sirven al propósito de una clara transmisión del pensamiento. Los Anarquistas, habiendo puesto tanto cuidado en obtener definiciones tan claras,están acreditados para examinar sus ideas a la luz de las mismas.

Ahora surge la pregunta crucial: ¿Qué relación debe existir entre el Estado y el individuo? El método general para decidir este tema consiste en adoptar alguna teoría ética que tenga como base la idea del deber moral. Los Anarquistas no tienen confianza en este método. Han descartado totalmente la idea de la obligación moral y de los derechos y deberes inherentes a ella. Ellos ven las obligaciones como sociales y no como morales, y aún así no aceptan sino aquellas que han sido consciente y voluntariamente asumidas. Si un hombre llega a un acuerdo con otros hombres, estos pueden unirse para hacer que cumpla su palabra. Pero, en ausencia de un acuerdo de tal tipo, ningún hombre, hasta donde los Anarquistas están enterados, ha hecho jamás un acuerdo con Dios o con algún otro poder de naturaleza semejante. Los Anarquistas no son sólo utilitaristas sino también egoistas en el sentido más amplio y completo del término. El poder es la única medida del derecho. Cualquier hombre, llámese Bill Sykes o Alexander Romanov, o cualquier grupo de hombres, desde los artesanos chinos hasta el Congreso de los Estados Unidos, tiene el derecho, si tiene el poder, de matar o someter a los otros hombres hasta tener el mundo entero a sus pies. El derecho de la sociedad a esclavizar al individuo y el derecho del individuo a esclavizar a la sociedad sólo son desiguales porque sus poderes son desiguales. Esta posición resulta subversiva para todos los sistemas de religión y moral y, naturalmente, no puedo esperar el asentimiento inmediato de la audiencia a la que hoy me dirijo. Tampoco dispongo del tiempo que me permitiría exponer un elaborado, ni siquiera un breve y sumario, examen de los fundamentos de la ética. Todo aquel que desee un mayor conocimiento de este particular aspecto de la cuestión debe leer un profundo libro alemán “Der Einzige und sein Eigenthum” [“El único y su propiedad”], escrito hace muchos años por un relativamente desconocido autor, el Dr. Caspar Schmidt, cuyo nom de plume era Max Stirner. Conocido tan sólo por un puñado de estudiosos, este libro vegeta hoy en la oscuridad, pero está destinado a una resurrección que quizás marque una época.

Si ésta fuera, por consiguiente, una cuestión de derecho, sería exclusivamente, de acuerdo a los Anarquistas, una cuestión de fuerza. Pero, afortunadamente, no es una cuestión de derecho: es una cuestión de conveniencia, de conocimiento, de ciencia; de la ciencia de vivir juntos, la ciencia de la sociedad. La historia de la humanidad no ha sido sino el descubrimiento largo y gradual del hecho de que el individuo es beneficiado por la sociedad exactamente en la misma proporción en que la sociedad es libre y de la ley que señala que la condición de una sociedad estable y armoniosa es la mayor cantidad de libertad individual compatible con la igualdad de la libertad. El hombre común de cada nueva generación se dice a sí mismo, en forma mucho más clara y consciente que su predecesor: “Mi vecino no es mi enemigo sino mi amigo, y yo también lo seré de él si ambos reconocemos mutuamente este hecho. Nosotros nos ayudamos para lograr una mejor, más llena y más feliz vida y este servicio aumentaría grandemente si nosotros cesaramos de restrinjir, estorbar u oprimir a otros. ¿Por qué no podemos estar de acuerdo en que cada cual viva su propia vida, sin transgredir ninguno de nosotros el límite que separa nuestras individualidades?”. Mediante este razonamiento la humanidad se encamina al verdadero contrato social, que no se encuentra, tal como Rousseau lo imaginara,en el origen de la sociedad, sino que es el resultado de una larga experiencia social, el fruto de sus tonterías y desastres. Es obvio que este contrato, esta ley social, excluye cualquier agresión, cualquier violación a la igualdad de la libertad, cualquier invasión de la clase que fuere. Relacionando este contrato con el concepto anarquista del Estado como encarnación del principio de invasión, vemos claramente que el estado es antagónico a la sociedad y salta a la vista que, siendo la sociedad esencial para la vida y el desarrollo del individuo, la relación entre el individuo y el Estado será siempre de mutua hostilidad hasta que el Estado desaparezca.

“Pero”, se les preguntará a los Anarquistas al tocar este punto, “¿qué hacer con aquellos individuos que persistan en violar la ley social e invadir a sus vecinos?”. Los anarquistas responden que la abolición del Estado irá acompañada del nacimiento de una asociación defensiva, fundada sobre una base voluntaria y no compulsiva, que se dedicará a restringir a los invasores por todos los medios que sean necesarios. “Pero eso es lo que tenemos ahora” es la respuesta. “¿Entonces usted sólo quiere un cambio de nombre?”. No tan rápido, por favor. ¿Alguien puede pretender seriamente que el Estado, tal como existe hoy en América, es puramente una institución defensiva? Seguro que no, con excepción de aquellos que ven del Estado tan sólo su manifestación más palpable: el policía en la esquina de la calle. Y no sería necesario mirarlo muy de cerca para captar el error de esta afirmación. Porque el primer acto del Estado, la valoración compulsiva y la recolección de impuestos es, en sí mismo, una agresión, una violación de la igualdad de la libertad y tal acto es el que da inicio a todos los otros, incluyendo aquellos que serían puramente defensivos si sólo pagaramos contribuciones voluntarías a una tesorería. ¿Cómo es posible sancionar, bajo la ley de la igualdad de la libertad, la confiscación de las ganancias de un hombre para pagar una protección que no busca ni desea en modo alguno? Y, si esto es un ultraje, ¿que nombre le daremos a tal confiscación cuando a la víctima se le da, en lugar de pan, una piedra, y, en lugar de protección, opresión? Obligar a un hombre a pagar por la violación de su libertad es, de hecho, añadir el insulto al daño. Pero eso es exactamente lo que el Estado hace todos los días. Lea usted los “Registros del Congreso”, siga los procedimientos de las legislaturas estatales, examine nuestros estatutos, someta por separado cada acto legislativo a la ley de la igualdad de la libertad y encontrará que las nueve décimas partes de la legislación existente no tienen por objeto dar fuerza a esa ley social fundamental sino regular los habitos personales o, peor aún, crear y sostener monopolios comerciales, industriales y financieros que privan al trabajo de la justa recompensa que recibiría en un mercado totalmente libre. “Ser gobernado”, dice Proudhon, “es ser observado, inspeccionado, espiado,dirigido, sometido a la ley, regulado, escriturado, adoctrinado, sermoneado, verificado,estimado, clasificado según tamaño, censurado y ordenado por seres que no poseen los títulos, el conocimiento ni las virtudes apropiadas para ello. Ser gobernado significa, con motivo de cada operación, transacción o movimiento, ser anotado, registrado, contado, tasado, estampillado, medido, numerado, evaluado, autorizado, negado, autorizado, endosado, amonestado, prevenido, reformado, reajustado y corregido. Es, bajo el pretexto de la utilidad pública y en el nombre del interés general, ser puesto bajo contribución, engrillado, esquilado, estafado, monopolizado, desarraigado, agotado, embromado y robado para, a la más ligera resistencia, a la primera palabra de queja, ser reprimido, multado, difamado, fastidiado, puesto bajo precio, abatido, vencido, desarmado, restringido, encarcelado, tiroteado, maltratado, juzgado, condenado, desterrado, sacrificado, vendido, traicionado, y, para colmo de males, ridiculizado, burlado, ultrajado y deshonrado”. Estoy seguro de que no necesito señalar a ustedes cuántas de las leyes existentes corresponden y justifican casi cada aspecto de la larga acusación de Proudhon. ¡Cuán irreflexivo es, entonces, señalar que el orden político existente es de un carácter puramente defensivo en lugar del agresivo Estado que los Anarquistas pugnan por abolir!

Esto nos lleva a otra consideración, el poderoso problema del individuo invasor, el cual es uno de los caballitos de batalla de los opositores al Anarquismo. Y, sin embargo, ¿no es, tal como se ha escrito ya largamente, el tratamiento que este problema recibe uno de los principales responsables de su existencia? Yo he leído u oído en alguna parte acerca de una inscripción colocada en cierta institución caritativa:

“Este hospicio fue contruido por una persona pía,
aunque primero fabricó los pobres que lo habitan.”

Y me parece a mí que eso es lo que pasa con nuestras prisiones. Ellas están llenas de delincuentes que nuestro virtuoso estado ha creado con sus leyes inícuas, sus monopolios destructivos y las horribles condiciones sociales que son su resultado. Nosotros creamos leyes que fabrican criminales y después las utilizamos para castigarlos. ¿Es demasiado esperar que las nuevas condiciones sociales que sean el resultado de la abolición de toda interferencia con la producción y la distribución de la riqueza, traigan como resultado un cambio tal en los hábitos e inclinaciones de los hombres que conviertan a nuestras cárceles y calabozos, nuestros policías y nuestros soldados, en una palabra, toda nuestra maquinaria y equipo de defensa, en algo superfluo? Esto es, precisamente, lo que los Anarquistas creen. Suena utópico, pero descansa realmente en sólidas bases económicas. Hoy, sin embargo, el tiempo nos queda corto para explicar el punto de vista anarquista sobre la dependencia de la usura y, por consiguiente, sobre la pobreza y sobre el privilegio monopólico y, sobre todo, el privilegio de la banca. Tampoco nos queda tiempo para mostrar cómo una minoría inteligente, educada en los principios del Anarquismo y decidida a ejercer ese derecho a ignorar al Estado en el que Spencer tan hábil y admirablemente insiste en sus “Estáticas Sociales” puede, en desafío a las prohibiciones nacionales y estatales sobre la banca, establecer un Banco Mutual en competencia con los monopolios existentes y así dar el primer paso hacia la abolición de la usura y del Estado. Este paso puede parecer muy simple, pero todos los demás se seguirán de él.

Media hora es un lapso de tiempo demasiado corto para discutir la relación del Estado con el individuo y me veo obligado a pedirles disculpas por mi brevedad en el tratamiento de una serie de puntos que requerirían, cada uno, un ensayo entero para su desarrollo. Si he perfilado el argumento inteligiblemente, mis expectativas están colmadas. Sin embargo, y con la esperanza de imprimir más vivamente en sus mentes la idea del verdadero contrato social, quiero concluir tomándome la libertad de leer otra página de Proudhon, con quien yo estoy en deuda respecto a todo lo que se, o creo saber, sobre este asunto. Contrastando la autoridad con el libre acuerdo dice, en su “Idea General de la Revolución en el Siglo XIX”:

“Sobre la distancia que separa estos dos regímenes, podemos juzar por las diferencias en su estilo.

Uno de los más solemnes momentos en la evolución del principio de autoridad fue la promulgación del decálogo. La voz del ángel dirigiéndose al Pueblo, postrado a los pies del Sinaí:

Vosotros rendiréis culto al Eterno y sólo al Eterno.

Vosotros sólo juraréis por Él.

Vosotros guardaréis las fiestas y pagaréis los diezmos.

Vosotros honraréis a vuestros padres y vuestras madres.

Vosotros no mataréis.

Vosotros no robaréis.

Vosotros no cometeréis adulterio.

Vosotros no levantaréis falso testimonio.

Vosotros no codiciaréis ni calumniaréis.

Pues es el Eterno quien os lo ordena y es el Eterno quien os ha hecho lo que sois. El Eterno es el único soberano, el único sabio y el único benemérito. El Eterno premia y castiga. Es poder del eterno haceros felices o infelices.

Todas las legislaciones han adoptado tal estilo. Todas se dirigen al hombre empleando la fórmula soberana. Los mandamientos hebreos, en futuro; los latinos, en imperativo, y los griegos en infinitivo. Los modernos no han hecho otra cosa. La tribuna del parlamento es un Sinaí tan infalible y terrible como el de Moisés. La ley que sea, venga de los labios de los que venga, se vuelve sagrada una vez que ha sido proclamada por esa trompeta profética que, para nosotros, es la mayoría.

Vosotros no os reuniréis.

Vosotros no imprimiréis.

Vosotros no leeréis.

Vosotros respetaréis a los representantes y oficiales que el azar del sufragio o el capricho del Estado hayan puesto sobre vosotros.

Vosotros obedeceréis las leyes que ellos en su sabiduría hayan hecho.

Vosotros pagaréis fielmente las contribuciones que os impongan.

Y amaréis al Gobierno, vuestro Señor y Dios, con todo el corazón, toda el alma y toda la mente, porque el Gobierno sabe mejor que vosotros lo que es artístico, lo que es digno y lo que es bueno para vosotros, y tiene el poder de castigar a quienes que desobedecen sus mandatos, así como de premiar hasta la cuarta generación a quienes le obedecen.

Con la Revolución es bastante diferente.

La búsqueda de causas primeras y causas finales se elimina tanto de la ciencia económica como de las ciencias naturales.

La idea de Progreso reemplaza, en filosofía, la del Absoluto.

La Revolución sucede a la Revelación.

La Razón, ayudada por Experiencia, descubre al hombre las leyes de Naturaleza y de la Sociedad y le dice:

Estas leyes son necesarias en sí mismas. Ningún hombre las ha hecho y ningún hombre te las impone. Ellas han sido descubiertas gradualmente, y yo sólo existo para dar testimonio de ellas.

“Si las observas, serás justo y bueno.

Si las violas, serás injusto y malo.

No te ofrezco ningún otro motivo.

Ya, entre tus compañeros, algunos han reconocido que esta justicia es mejor, para cada uno y para todos, que la iniquidad, y han estado de acuerdo entre sí para mutuamente guardar fe y derecho. Es decir, para respetar las reglas de transacción qué la naturaleza de cosas les señala como las únicas capaces de asegurarles, en la medida más grande, bienestar, seguridad y paz.

¿Deseas adherirte a su grupo, formar parte de su sociedad?

¿Promete respetar el honor, la libertad, y los bienes de tus hermanos?

¿Prometes nunca apropiarte, por la violencia, el fraude, la usura o la especulación del producto o la posesión de otro?

¿Prometes nunca mentir o engañar en la justicia, en los negocios o en cualquier otra transacción?

Eres libre de aceptar o rehusar.

Si te niegas, te volverás parte de una sociedad de salvajes. Fuera de lacomunión de la raza humana, te transformas en objeto de sospecha. Nada ni nadie te protege. Al insulto más ligero, el primero en pasar puede alzar su mano contra ti sin incurrir en otra imputación que la de crueldad inútilmente practicada en un bruto.

Por el contrario, si juras frente al grupo, te vuelves una parte de la sociedad de hombres libres. Todos tus hermanos entran en un compromiso contigo, prometiéndote fidelidad, amistad, ayuda, servicios e intercambio. En caso de infracción, de tu parte o de la de algún otro, por negligencia, pasión, o malicia, serás responsable ante nosotros tanto por el daño como por el escándalo y la inseguridad que has causado. Responsabilidad que podrá extenderse, según la gravedad del perjurio o la repetición de la ofensa, incluso hasta la excomunión y la muerte.

La ley es clara y la sanción aún más. Tres artículos que se hacen sólo uno. Tal es el contrato social entero. En lugar de hacer juramento a Dios y a su príncipe, el ciudadano jura en su conciencia, ante sus hermanos, y antes la Humanidad. Entre estos dos juramentos hay la misma diferencia que entre la esclavitud y la libertad, la fe y la ciencia, las cortes y la justicia, la usura y el trabajo, el gobierno y la economía, la nada y el ser, Dios y el hombre.”

 

Tomado de: http://www.banderanegra.canadianwebs.com/tucker2.html

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