Nuestro individualista tipo.- Por Émile Armand

Nuestro individualista tipo

Por Émile Armand

En esencia, nuestro trabajo se dirige a una determinada categoría de personas, a un selecto grupo, los únicos que van contra la marcha general de la sociedad, a los cuales, a falta de un término mejor, debemos referirnos como “Nuestros Individualistas Tipo” y que son, hay que entender, la única variedad de individualistas que nos interesa. Este tipo de persona es siempre un inconformista en lo que respecta a la ética y la estética burguesa, al sistema actual de educación  y, de hecho, a la mayoría de las opiniones predominantes en la sociedad.

Él, reflexionando debidamente, ha abandonado todos esos fantasmas, esos principios abstractos que lo habían perseguido cuando flotaba inerte en las estuaciones de la convención social, zarandeado cual corcho en las mareas del “todo el mundo lo hace”, tal y como el conformismo adoctrina. Él ha creado para sí una personalidad que resiste a las influencias de quienes lo rodean, que no presta atención a los vociferantes, al fanfarrón o la turba caprichosa. Él quiere saber a dónde va, aunque no sin haber examinado cuidadosamente la ruta a seguir y, por supuesto, sin perder nunca de vista el hecho de que su “libertad” depende siempre de su “responsabilidad”.

¿Qué otra cosa es “nuestro” individualista? Él es una persona que se une a los de “su mundo” en camaradería, la que definimos como “un acuerdo voluntario entre individualistas destinado a eliminar todas las fricciones evitables y sinsabores de sus relaciones”. Ahora bien, esta definición tiene más de veinte años de edad, data de 1924, y en 1939 escribí de nuevo: “Nuestra concepción de camaradería es positiva, no negativa, constructiva, no destructiva”. Se debe a que esta idea es creadora de buena voluntad, de la alegría y la armonía que tenderán a reducir al mínimo el dolor de vivir en una sociedad que es en sí misma indiferente. “Y todo esto se puede lograr sin la protección del Estado, la intervención de los gobiernos o la mediación de la ley”.

Sin embargo, nuestro individualista tipo no es sólo mente, espíritu o pensamiento. No es ni seco, ni mezquino de corazón. Si es exclusivamente un racionalista se sentiría a sí mismo incompleto, por lo que es una necesidad para él ser a la vez sensible y “sentimental”. Esto explica su plan para liberar a “su mundo” del sufrimiento inútil y evitable. Él sabe que esto es posible cuando uno habla y entiende “el lenguaje del corazón”, cuando se prefiere un acuerdo a luchar, la abstención a la liberación de los actos dictados por la amargura, la animadversión o el rencor.

El individualismo como lo concebimos y propagamos se entiende en serio, sin equivocación, con pasión. Postula la rectitud, la constancia, la reciprocidad, el apoyo, la comprensión y, en efecto, la compasión. Esto implica la fidelidad a la palabra dada, sea cual sea el tema que nos ocupe; cuidado de no interferir con cualquier pretexto en los asuntos de otro compañero (al menos que lo solicite) o de inmiscuirse en sus derechos, ni de retirarle los derechos una vez dados, salvo en casos de confianza traicionera. Este individualismo no quiere provocar inquietud, desilusión, tormento o lágrimas. Su libertad de afirmación debe cesar cuando se amenace a otro con dificultad o dolor.

Nuestro individualista tipo no debe ser malinterpretado. No es un moralista. Él odia “las mentiras convencionales”, los falsos pretextos de la pequeña burguesía. Él ha descartado todas las ideas preconcebidas; no reconoce como motivo nada fuera de sí mismo. Pero él sabe muy bien que un individualista debe dar así como tomar. Él no ignora el hecho de que un “acuerdo de caballeros” debe ser honrado igualmente con el vínculo formal.

Él repudia la violencia, la imposición, la coacción, lo cual no quiere decir que acepta ser explotado, engañado, participar en el sistema como alguien inferior, cualquiera sea su apariencia personal o el nivel cultural en el que pueda estar. Él no desea recibir más de lo que da, ni dar más de lo que recibe. Él está orgulloso. Él establece un valor sobre sí mismo. No significa nada para él que cualquier otra persona lo conozca sólo como un “pariente pobre”.

Hacia aquellos que lo humillan reacciona y se considera en estado de legítima defensa… pero siempre está dispuesto a hacer la paz sobre la base de que todos son hombres.

Sí, nuestro individualista tipo ama la vida. No hay ningún secreto en ello – se revela en su alegría de vivir, pero de una manera discreta, sin ruidosas manifestaciones. Reconoce la felicidad como su objetivo. Da la bienvenida a cualquier cosa que pueda aumentar su receptividad y su reconocimiento por cualquiera de los productos de la imaginación humana o de los de la naturaleza. Rechaza todo tipo de ascetismos por su mortificación. Es consciente de la dignidad personal. Puede tanto sembrar como cosechar. No presta atención a lo que “dicen.” No es ni joven ni viejo, sino que tiene la edad que siente tener. Y, mientras haya una sola gota de sangre en sus venas, luchará por un lugar en el Sol.

El individualista no tiene la intención de obtener la alegría, el disfrute de la vida o conquistar una vida sin prejuicios a costa de los demás, ya sean sus amigos, compañeros o  tan sólo la persona más humilde y menos importante de la sociedad. Se niega a jugar el papel de alborotador, él no sería la causa de pena para cualquier persona. Él aborrece la idea de que uno de los miembros de su círculo sea de alguna manera frustrado a causa de sus ambiciones – las que tiene en cuenta. Nunca podría perdonarse por esa conducta.

Tampoco quiere tener nada en común con los Nietzchesianos de sillón o los Stirneristas de fin de semana que imaginan -los miserables- que están “afirmando su individualidad” al ser deshonestos, a pequeña escala, sobre los asuntos de dinero o que están forzándose a sí mismos al acompañar a un amigo en la cárcel.En resumen, el individualista, tal como lo conocemos, abomina a los brutos, los cretinos, los pícaros, los intrigantes, los tornados, los zorrillos, etcétera, no importa la ideología con la que deseen ocultarse.

Pero él también reconoce que la práctica no siempre se ajusta a la teoría y que a menudo, aunque el espíritu este dispuesto, la carne es débil. Él no lleva a cabo nada en contra de sus compañeros debido a sus incapacidades o sus debilidades, sino que libremente los perdona. Las concesiones no son rarezas con él. Y cualquier daño que hace, o sufrimiento que provoca, lo va a pagar o rectificar en la medida de su capacidad. Pero más allá de ello no va a ir, cualquier cosa más allá de la compensación es extorsión.

En medio de un orden social en el que, a pesar de frecuentes discursos pomposos y declaraciones rimbombantes de los presuntos responsables, la palabra empeñada es más a menudo olvidad y la filosofía de “salga de sus problemas lo mejor que pueda” es la actitud imperante del hombre hacia su prójimo, nuestra concepción de la camaradería, como se describió anteriormente, se eleva como un faro para recordar al mundo que todavía hay personas capaces de resistir a las seducciones y los apetitos graves de nuestra sociedad filistea.

Creemos que nuestra individualista tipo tiene más seguidores de lo que podría parecer a primera vista y que, aunque dispersos, hay un número no desdeñable de personas que están tratando de volver a integrarse en estas líneas, las personas que se han rebelado contra el determinismo social y que han decidido someter todas las ideas a sus propias pruebas. Estas personas nos consideran como un grupo psicológico diferente al de los que permanecen en la masa. Para ellos es nuestro manifiesto.

Nos fijamos en la “asociación” como una manifestación concreta de la camaradería tomando alguna forma cooperativa o mutualista, previendo siempre que se base en una comprensión profunda de las características de nuestros participantes. Sabemos perfectamente que si en esta asociación nuestra personalidad se afirma, que si el objetivo buscado se logra, es a costa de nuestra “libertad”. Cuando nuestro individualista tipo se asocia, acepta tanto las desventajas como las ventajas y no se queja.

Traducido por Oscar Rosales krumdieck

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