Mercado, Estado y autonomía.- Por Sheldon Richman

 Sheldon Richman es el editor de The Freeman y TheFreemanOnline.org, y un contribuidor The Concise Encyclopedia of Economics. Es también el autor de  Separating School and State: How to Liberate America’s Families.

Traducción de Oscar Rosales K.

Por Sheldon Richman el 10 de agosto del 2012

En “The Future of Liberalism” (2009) Alan Wolfe escribe que los verdaderos herederos del liberalismo de John Locke, Adam Smith y Thomas Jefferson no son los classical liberals de hoy en día (los libertarios), sino más bien otro tipo de liberales, aquellos que utilizan el poder del Estado para asegurar autonomía e  igualdad para todos. El “liberalismo moderno”, del que escribe Wolfe, es simplemente una actualización del original: en el siglo XVIII, el poder político aplastaba la igualdad y la autonomía, por lo que se apelaba al libre mercado como antídoto, ahora, el poder corporativo privado bajo el capitalismo hace lo mismo, pero esta vez el remedio es el gobierno.

Al principio de su libro Wolf escribe:

“El principio fundamental del liberalismo es el siguiente: el máximo número de personas como sea posible deben poder decidir, tanto como sea posible, la dirección que desean que su vida tenga. Expresado de esta forma, el liberalismo, como en los días de John Locke, se ha comprometido tanto con la libertad como con la igualdad. . . . [Énfasis en el original].

Con respecto a la libertad, los liberales quieren para la persona lo que Thomas Jefferson quería para el país: la independencia. La dependencia, para los liberales,  paraliza. . . . Cuando no tenemos más remedio que aceptar el poder de otra persona sobre nosotros, no somos capaces de pensar por nosotros mismos, nos limita a condiciones de existencia que se asemejan a una lucha interminable por la supervivencia, no somos capaces de planificar para el futuro y no podemos poseer la dignidad humana elemental”.

Esto suena bastante bien, ¿no? Estar sujeto a la voluntad arbitraria de otro choca con el espíritu liberal que proyecta el ideal del dominio del propio destino, incluso cuando uno coopera con los demás para beneficio mutuo.

La igualdad como valor de base

Estoy de acuerdo con Wolfe en que la igualdad es un valor central en el liberalismo clásico, pero no como él lo dice. La verdadera igualdad en el sentido liberal no es la igualdad de ingresos, ni tampoco es simplemente la igualdad de libertad o la igualdad ante la ley. La primera visión de la igualdad requeriría la interferencia continua de la violencia del Estado en el intercambio voluntario, mientras que las otras dos no son suficientes en sí mismas. Por la igualdad, entiendo lo que llama Roderick Long –en sentido lockeano- ” igualdad de autoridad”. Para Locke, un estado de igualdad es aquel en el que “todo el poder y jurisdicción es recíproco, nadie tiene más que otro, no hay nada más evidente que criaturas de la misma especie y rango. . . deben ser también iguales unos con otros, sin ninguna subordinación o sometimiento. . . “.

Pero ahora debo distanciarme de Wolfe porque él tiene una idea completamente autodestructiva de cómo conseguir que todo el mundo tenga dominio sobre sí mismo o su propio destino: el Estado de bienestar. A juzgar por la historia y la naturaleza del Estado, debemos concluir que el programa de Wolfe no daría lugar a la liberación, sino más bien a la subyugación del individuo. Wolfe tiene las ideas de cabeza:

“Defender hoy lo que Smith defendió ayer – un libre mercado sin regulación estatal- es para fomentar una mayor, en lugar de menor, dependencia y una menor, en lugar de mayor, igualdad. En las más altamente organizadas y concentradas formas adoptadas por el capitalismo en el mundo contemporáneo, la eliminación del gobierno por mercado no permite a un gran número de personas convertirse en empresarios de manera que les permita establecer los términos por los que desean llevar sus vidas. En su lugar, se permite a las grandes empresas reducir sus obligaciones para con sus empleados y, por lo tanto, hacerlos más dependientes de los caprichos del mercado”.

Las fuerzas impersonales del mercado

La última parte de la cita tiene cierta validez, pero antes de llegar a eso, vamos analizar su idea en general. Tomo la idea de Wolfe -y refuerza su punto en esta discusión citando a Russ Roberts- de que uno es menos autónomo cuando se someten a fuerzas impersonales del mercado que cuando se somete a las fuerzas políticas supuestamente destinadas a garantizar la autonomía y la igualdad. Esto me parece completamente erróneo.

Es cierto que en una economía libre ninguna persona o grupo podría controlar las fuerzas del mercado (la ley de la oferta y la demanda y viceversa) a la que todos debemos ajustarnos a medida que llevamos a cabo nuestros planes. Eso parece incidir en nuestra autonomía. Sin embargo, estas fuerzas son llamadas impersonales precisamente porque no son el producto de una voluntad única o dirigidas por un solo objetivo.

En su lugar, las fuerzas del mercado a largo plazo son simplemente la manifestación del proceso espontáneo, ordenado y esencial (el sistema de precios) generado por la libertad de otras personas de elegir qué comprar y qué vender. En otras palabras, la autonomía de cada individuo está limitada por la autonomía individual del otro. Mientras que todos debemos tener los precios y las elecciones de otras personas en cuenta cuando hagamos nuestros planes, cada uno de nosotros tiene una gran libertad de acción en el mercado a través de la cual podemos minimizar nuestra vulnerabilidad frente a la voluntad arbitraria de los demás. Si una persona no quiere tratar con usted, es muy probable que otra persona lo haga, por lo que la posibilidad de ser víctimas de, por ejemplo, una discriminación injusta se reduce. (“El dinero habla”). Así, el máximo grado de autonomía individual es totalmente compatible con la vida en el mercado, sobre todo por la extensión de un mercado que se expande.

El mercado no sólo es compatible con la autonomía, sino que es también esencial para la misma. En contraste con el mercado, la alternativa de Wolfe, el Estado, utiliza la fuerza (o la amenaza de la misma) para que trabajemos a su voluntad. Si no te gusta un conjunto de decretos políticos, no puedes simplemente seleccionar otro. Y no hay exclusión. Hay desigualdad de autoridad.

Wolfe es extremadamente ingenuo con respecto al Estado democrático. Debido a que carecen de los conocimientos y los incentivos necesarios, los funcionarios del gobierno no responden a la gente común más allá de los gestos superficiales que los políticos tienen que hacer para conseguir obtener y retener el poder. Ningún voto cuenta y todo el aparato gubernamental está inevitablemente capturado por grupos de interés bien organizados, predominantemente asociados con las grandes empresas, que tienen el tiempo, la riqueza, y la motivación para mantener al sistema amañado a su favor a cambio de abusivas intervenciones anticompetitivas. (La regla de la mayoría no podría ser mejor). Así, todo el “bienestar” generado para las personas de bajos ingresos no tiene otro carácter que darles dinero por su silencio a fin de evitar la guerra civil. La creencia de Wolfe de que el Estado puede ser el protector de la autonomía y la igualdad de la gente común es sorprendente ya que la acción gubernamental -arraigada en la coerción- por su propia naturaleza socava la autonomía y fomenta la dependencia.

El capitalismo contra el libre mercado [1]

Wolfe tiene razón en estar preocupado por “las más altamente organizadas y concentradas formas adoptadas por el capitalismo en el mundo contemporáneo”. Este sistema tiene en realidad socavadas a la autonomía y la igualdad. Dónde se equivoca es al equiparar a la economía “capitalista” con el mercado libre. Por lo tanto, es culpable de lo que Kevin Carson llama “libertarismo vulgar” [2] y Roderick Long llama “izquierda conflacionista” [3]: atribuir los males del corporativismo a su antítesis, el mercado libre (es la viva imagen del que defiende la conducta empresarial en el Estado corporativo sobre la base de que el mercado libre no permitiría dicha conducta si no sirviera eficientemente a los consumidores).

Contrariamente a lo que Wolfe cree, la completa  “eliminación del gobierno por el mercado” -es decir, la abolición de los privilegios, así como las regulaciones- no fuerza la dependencia. Por el contrario, eliminaría las múltiples barreras mantenidas por el gobierno a la competencia de las empresas autogestionadas por los trabajadores, las asociaciones y los trabajos independientes. Estos obstáculos incrementan la dependencia de las personas a la voluntad arbitraria de los demás. Liberar el mercado pondría fin a la manipulación monetaria y a la autorización de rescatar a los bancos y otras empresas que los alienta a tomar riesgos excesivos sobre los trabajadores sujetos a los ciclos económicos y el desempleo prolongado.

“El hombre en cualquier sociedad compleja”, escribió FA Hayek en “Individualismo: verdadero y falso”, “sólo puede tener opción entre ajustarse a lo que le deben parecer las fuerzas ciegas del proceso social o, por el contrario, obedecer las órdenes de un superior. Mientras conozca sólo la dura disciplina del mercado, bien puede encontrar preferible ser dirigido por algún otro cerebro humano inteligente; pero, cuando lo intenta, pronto descubre que lo anterior le dejaba por lo menos una opción, mientras que la última no le deja ninguna, y que es mejor tener una opción entre varias alternativas desagradables que ser obligado a elegir una”. [4]

Si la alternativa que enfrentamos es entre lidiar con las fuerzas del mercado y confiar en una élite gobernante para organizar los resultados sociales justos, cualquier persona preocupada por la autonomía y la igualdad debe elegir el mercado. Un Estado benevolente, pacífico, no está en el menú.

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Notas del traductor:

[1] Los left-libertarians o libertarios de izquierda (véase la entrada “Liberalismo: izquierda o derecha y libertarismo de izquierda) suelen utilizar, a diferencia de los right libertarians el termino “capitalismo” en el mismo sentido que estos últimos hablan de mercantilismo.

[2] Un “libertario vulgar” es un libertario que defiende a las grandes corporaciones o empresas que gozan de privilegios estatales como si fueran ejemplos de libre mercado contra los ataques de la izquierda (ya sean socialistas o socialdemócratas). “Los libertarios vulgares apologistas del capitalismo usan el término ‘libre mercado’ en un sentido equivocado” escribe Carson, “ellos parecen tener problemas para recordar, de un momento a otro, si están defendiendo el capitalismo existente o los principios de libre mercado”. De aquí la cita de Carson: http://es.c4ss.org/acerca-de/

[3] Los “conflacionistas de izquierda” son personas que confunden el libre mercado con el corporativismo y atacan -valga la redundancia- al libre mercado utilizando argumentos en contra del corporativismo.

[4]  Para la presente traducción se ha utilizado (con respecto a la cita de Hayek) un ensayo suyo anteriormente traducido: http://www.primerolagente.com.ar/img/hayek.pdf página 22

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